Cuando las palabras no surtieron efecto, Alejandro no vio otra opción más que recurrir a la fuerza. Se levantó bruscamente, sacudiendo su brazo con tal ímpetu que Mónica terminó cayendo sobre la silla.
—¡Ah…! —exclamó, impactada.
Mónica se apoyó en la mesa, temblorosa, la incredulidad reflejada en sus ojos. ¡Él la había empujado! Alejandro, con el rostro endurecido, apretó los dientes, luchando contra la tormenta de frustración que lo invadía.
—No quiero hacerte daño —su voz, aunque tensa, inten