Afuera de la habitación, Victoria miraba la escena con los ojos brillosos hasta que se le humedecieron.
—¿Qué haces? —llegó su esposo, Diego Domínguez—. ¿No ibas a llamar a los chicos a cenar? ¿Por qué te quedaste en la puerta?
—¡Shh! —Victoria lo jaló y le tapó la boca, señalando hacia adentro.
Diego miró por la rendija: los dos muchachos, mano con mano, frente con frente.
Sonrió.
—Bueno… esto sí que está bonito.
—Dejémoslos un ratito —Victoria no podía ocultar la sonrisa—. Para Fernando, Luci