Luciana respiró hondo en silencio y sonrió.
—Señora, tiene razón… Solo que la voy a hacer trabajar mucho. Mi agenda es…
—¡No hay problema! —Victoria no pudo contener la alegría al verla aceptar—. Tú tranquila. Yo me encargo de todo; dedícate a tu trabajo y no te preocupes por nada.
Le guiñó un ojo a su hijo.
—A ver, dime la verdad… ¿estás feliz?
Fernando se puso rojo. Era pena… y también culpa: un asunto tan grande como el matrimonio y no había podido darle a Luciana una propuesta como Dios mand