No era raro entonces que Salvador hubiera ayudado a los Hernández y que se mostrara tan respetuoso.
Con el escenario puesto, todo le quedaba a modo.
Apretó la mano de Martina, dio dos pasos al frente y se inclinó ante don Carlos con seriedad.
—Don Carlos, Martina y yo estamos juntos.
—¡Salvador! —Martina intentó zafarse y, de poder, le habría tapado la boca.
—Martina —la cortó su padre, con voz firme—. No hables. Deja que el señor Morán termine.
Ella mordió el labio, sin salida.
Don Carlos, el c