Decir que lo de Salvador no le había pegado nada sería mentir.
Martina creía haber vuelto a su eje, pero… su mamá la leyó igual.
No quería preocuparla.
—Mamá, estoy bien —sonrió, como si nada.
—Ay… —Laura Gómez suspiró—. Si no quieres contarlo, no lo cuentes. Mamá no te va a presionar.
—Acuérdate: eres el tesoro de tus papás. Pase lo que pase, aquí estamos. Y también está tu hermano.
—Ajá —Martina asintió, obediente.
Se iba a curar. Algún día, lo de Salvador sería un recuerdo borroso.
—Listo —le