Tras dos días en el hospital, Martina recibió el alta.
En ese tiempo, Salvador no se movió de su lado: de día, mientras a ella le pasaban sueros, trabajaba con Manuel Pérez desde el teléfono; de noche, hacía guardia él mismo. Aun con su buena resistencia, el ritmo de hospital —luces, rondas, timbres— le partió el descanso en pedazos. Para cuando la llevó de vuelta a Residencial Jacarandá, tenía la fatiga metida en los ojos.
La acomodó en la cama y soltó el aire.
—Listo.
Le peinó el flequillo con