Alejandro sintió un tirón en el pecho y la soltó de inmediato.
A los dos les ardían las mejillas, pero la noche escondía el rubor.
—¡Por terca! —murmuró entre dientes. No había reproche en su voz, solo cuidado.
—¿Te quemaste en la tarde y apenas te acuerdas de ir por medicina?
A esas horas, no hacía falta preguntar: si había salido, era para eso. Y si salía tan tarde, es que la quemadura sí molestaba.
Los ojos de Luciana se humedecieron, con un punto de fastidio dulce.
—Estuve ocupada todo el dí