Muy temprano. Sergio le entregó la agenda a Alejandro y, al ver las ojeras marcadas, no pudo evitar decir:
—Jefe, ¿se toma un rato para descansar?
La noche anterior casi no había dormido.
—No hace falta —negó Alejandro.
No quería parar: si se detenía, se le venía Luciana a la cabeza y no podía con la gana de verla. Tenía que mantenerse ocupado. Aun así, por más que se llenara de cosas, pensaba en ella. Pero al menos se contenía de buscarla. Luciana eligió su vida; él debía salir de escena.
Revis