—¿De qué te ríes?
Luciana tomó el tenedor para bajarle el ego.
—A ver, pruebo. Vamos a ver si el señorito Guzmán no es pura pinta.
—Adelante…
Pinchó una costillita, sopló y se la llevó a la boca.
De inmediato, se le abrieron los ojos.
Con la boca llena, no podía hablar; levantó el pulgar.
—Mmm.
—¿Rico, no? —Alejandro alzaba las cejas, orgulloso—. Si no fuera por el negocio familiar, me meto de chef.
—Ajá, sí —Luciana soltó la risa—. Con tantito halago ya te subes al ladrillo, ¿eh?
—Ni me atrevo