—No por eso existen —remató. Mientras hablaba, le despeinó con cariño la cabeza a Alba—. Nuestra princesita tampoco necesita aprender. Ustedes son mi tesoro y se merecen que las cuiden bien.
Luego miró a la niña con ojos de papá consentidor.
—Alba, acuérdate: jamás te busques a un hombre que necesite que lo estés cuidando.
Eso no es un hombre, es un inútil.
Alba no entendía gran cosa. Le sonrió a su papá y asintió muy seria:
—¡Ajá! Como mamá: yo me busco un hombre como tú.
Al oírla, los dos adul