—Snif…
El pecho de Martina se llenó de golpe con un calor húmedo y envolvente.
—Snif…Snif…
—¿Otra vez? —Salvador se quedó pasmado—. ¿Por qué vuelves a llorar?
Torpe, le secó las lágrimas con los pulgares.
—Todo esto lo hice para que estuvieras tranquila, ¡precisamente para que dejaras de llorar!
Al ver que no había forma de detener aquel llanto, soltó un suspiro resignado.
—¡Ay, mi reinita! Está bien, llora todo lo que quieras.
La atrajo con suavidad y la envolvió en sus brazos.
—Te asustaste, ¿