—Ya, papá. —Marc sujetó del brazo a su padre—. Marti ya está grande; sabe lo que quiere. Mejor no meternos.
Si ella no lo hubiera aceptado, hace rato no habría dejado que Salvador pasara tras de sí…
Dentro de la habitación, Salvador observaba cómo Martina se recostaba en la cama.
Con los ojos todavía hinchados, ella notó que él seguía allí y dudó:
—¿También te vas a quedar?
—Claro —respondió él, con una sonrisa traviesa—. ¿Me das chance o no?
Martina frunció los labios: le debía un favor enorme,