—No llores.
—Snif…
Pero Martina era incapaz de parar; frente a su padre y a su hermano todavía se hacía la fuerte, pero en ese instante no podía contenerse.
—¡Te dije que no llores!
De pronto Salvador la regañó: —Si sigues llorando, me desentiendo.
Martina se quedó muda, quizá por el susto.
—Tranquila —añadió él, esta vez suave—. Espera y no hagas nada; voy para allá de inmediato.
Colgó y a Martina le martilleaban las sienes. ¿Nada? ¿Y su mamá?
Su padre y su hermano mayor, Carlos y Marc, se acer