¡En el corazón de Luciana, Fernando parecía pesar más que él!
—Ja… ja, ja. —Alejandro curvó los labios en una risa sin brillo; ni un destello de alegría en su cara. Tal vez —se dijo— Luciana nunca lo amó. Ni hace tres años ni ahora: todo fue un engaño. Porque si lo amara, ¿cómo sería capaz de dejarlo?
Déjala ir, pensó con un dolor que le taladraba el pecho. Un amor empeñado en marcharse es un amor imposible de retener.
Luciana terminó de empacar. Subió y llamó a la puerta del despacho.
—No es p