—¡Tío, tío!
Alba apenas cruzó la puerta y ya corría escaleras arriba.
Luciana quiso detenerla:
—Alba…
Pero la niña, un torbellino, se le escapó de los brazos.
–¡Tíoooo!
—¿Qué pasa? —Alejandro salió del despacho. Al verla, su expresión se suavizó y se acuclilló abriendo los brazos—. Aquí estoy.
—¡Tío! —Alba se lanzó a su pecho—. ¡Hoy saqué cien en dictado!
—¿De veras?
—¡Sí! —sacó del morralito un cuaderno y se lo enseñó—. Tú me enseñaste a escribir.
—Orgulloso de ti. —La besó en el cabello; notó