Al escucharlo, los ojos de Luciana se ensombrecieron.
Sonrió, tomó su saco y dijo:
—Es apenas un tramo hasta el auto; sin corbata está bien. Vámonos así.
—Tú mandas.
Una enfermera asomó por la puerta:
—Doctora Herrera, falta la firma de un familiar en el alta.
—Voy enseguida.
Soltó la mano de Alejandro.
—Quédate aquí, no tardo.
—Claro. —Él se acomodó obediente en el sofá.
Poco después sonó un celular dentro del bolso de Luciana.
Alejandro no solía inmiscuirse en llamadas ajenas, pero algo —lláme