—¡¿En qué cabeza cabe traerla hasta la zona de choque?! —regañó Juan apenas vio a su hermano menor entrar con Luciana cargada en brazos.
—Hermano…
—No discutan —cortó ella, ceñuda, con la mirada fija en la puerta de reanimación—. Yo insistí. Me quedo aquí hasta que salga.
Juan ya no replicó. En el fondo deseaba que Luciana acompañara al jefe, solo temía que, al despertar, Alejandro se enfadara porque no la habían cuidado.
—Voy por una silla de ruedas —dijo.
En minutos apareció no solo la silla: