—¿Qué sucede? —Alejandro notó la rigidez de Luciana y la sostuvo con sobresalto—. ¿Te duele algo?
No… ¡no era eso!
Luciana quiso advertirle, pero no le salían las palabras; apenas podía moverse.
¡Ale!
Perdió el equilibrio y se desplomó contra su pecho. Pretendía empujarlo, alejarlo del peligro, pero aquel gesto fue tan inútil como un soplido contra un árbol.
—¡Luci! —Él la atrapó; no alcanzó a preguntarle más cuando un dolor agudo le atravesó la pierna.
—¡Ah! —soltó un quejido.
Bajó la mirada: u