Luciana, entre niebla y realidad, alcanzó a escuchar. Aunque no distinguía sueño de vigilia, se esforzó y murmuró:
—…Ajá.
—Qué linda. —Alejandro aspiró hondo y fingió soltura—. Al final, ¿ves? De todos los que te buscaban, el más fregón fui yo. Eso solo prueba que nacimos el uno para el otro; nadie más podría dar contigo.
—…Ajá.
Él parpadeó. ¿Respondía porque lo entendía o solo por inercia?
—Oye —acomodó su peso en la espalda—, te hablo en serio, nada de monosílabos.
—…Ajá.
Concluyó que, pese al