Se quedó inmóvil, recostada, sin gastar fuerzas en manotazos inútiles.
De pronto, un resplandor tenue titiló frente a ella.
Luciana se sobresaltó: ¡había luz! No estaba ciega; simplemente todo era demasiado oscuro.
¿De dónde provenía ese destello?
¡Del bolsillo!
¿Y qué llevaba ahí? ¡Su celular!
El corazón se le disparó. ¿Quien la secuestró olvidó quitarle el teléfono… o lo hizo adrede?
Sea como sea, era un hilo de esperanza.
Con las manos atadas le costó horrores, pero al fin logró sacar el apar