El corazón y las sienes le palpitaban con fuerza.
Tenía la sensación —casi un presentimiento— de que algo estaba a punto de ocurrir.
Para que Alba no despertara llorando, Alejandro cubrió a la niña con su chamarra y salió del cuarto.
Como llevaba días al límite, Juan y Simón hacían guardia en la sala; al verlo aparecer, los dos se incorporaron de inmediato.
—Alejandro —avisó Juan—, los mercenarios ya están trabajando.
—Ajá.
Alejandro se sentó en el sofá, frunció el ceño y entrelazó los dedos, pe