Ella lo ignoró; se quitó los zapatos y caminó hacia el interior.
—¿? —Alejandro, lleno de interrogantes, la siguió. Al final, no pudo contenerse—: ¿No piensas decirme nada?
—¿Decirte qué?
Sus ojos se abrieron de par en par; en ese gesto era el vivo retrato de Alba.
—Preguntas, así que no me guardaré nada —bufó, dejándose llevar por la acidez—. ¿De quién era ese niño que te llamó “mamá”?
Así que era eso. Luciana suspiró, divertida y resignada.
—Dime, ¿no te parece temprano que, con mi edad, yo tu