Sus dedos, largos y pálidos, exhibían una belleza sencilla: ni rastro de manicura, pero las uñas estaban cortadas al ras, limpias y perfectamente redondeadas.
A Salvador se le movió la nuez. Tuvo que contener el impulso de tomarle la mano.
—Cuando estemos de vuelta, te invito a un banquete de verdad.
—Claro —respondió Martina con pereza juguetona—. No te preocupes, no seré tímida. Quiero ver con mis propios ojos cuán generoso puede ser el señor Salvador Morán.
—Prometo que no te dejaré con las g