— Vamos.
De la mano, bajaron la ladera. Ella estaba tan tensa que terminó aferrándose con las dos manos; Salvador sonrió en silencio.
— ¿Y esa mirada? —se quejó Martina.
— No te miraba a ti —dijo conteniendo la risa—, vigilo que no nos persigan.
— ¡Cobarde! Si te da miedo, ¿para qué robar?
— Ya estamos aquí —alzó una ceja—. Tú vigila y yo “trabajo”.
Apenas lo dijo, se internó en la arboleda. Sus ojos brillaban como los de un niño.
— ¡Vaya frutos! —exclamó.
Con su estatura alcanzaba los más bajos