—¿Llevarte…? —Martina se interrumpió, cayó en cuenta—. ¡¿Dónde estás?!
—Me interrogas tú a mí… —rió él—. Mejor te cuento: sigo en la entrada del hospital. ¿Vienes por mí?
El muy descarado se había plantado ahí. Martina sintió un brinco en el pecho.
—No te muevas de la puerta, voy enseguida.
—Aquí te espero.
El albergue donde se hospedaba quedaba a menos de diez minutos a pie, pero Martina aceleró el paso; no quería hacerlo esperar. Al llegar, respiraba agitada.
Salvador, apoyado en su coche con