―Exacto ―replicó Salvador, sin inmutarse―. ¿Y qué? Desahógate si quieres.
Alejandro soltó un bufido.
―Mírate, todo un Morán y con esa pinta de cachorro enamorado.
―¡Por favor! ―Salvador le guiñó―. El que anda perdidamente enamorado aquí eres tú. A ver si muy gallito: ve y cásate con Luciana de una vez.
―Cállate ―lo cortó Alejandro con una mirada filosa―. ¿No viniste a hablar de negocios?
―Claro, claro. ―Salvador levantó las manos en rendición―. Vamos al grano.
Los dos se trasladaron a la sala de