Él señaló la brocheta:
—Esa misma.
—Bueno.
Como dicta la cortesía, Martina acercó el pincho a su rostro.
—Toma.
Aún había cierta distancia, así que Salvador se inclinó y mordió, pero la carne no se desprendió.
Martina frunció el ceño.
—¿Puedes morder con ganas?
—%&¥#… —balbuceó él con la brocheta entre los dientes, ininteligible pero visiblemente apurado.
Martina soltó una risita.
—¿Hablando en marciano? Déjame ayudarte.
Sujetó firme el pincho, tiró hacia atrás y contó:
—¡Uno, dos, tres… va!
Con