Un segundo más y habría caído.
—¡Dios santo! —exclamó un oficial. ¿Cómo seguía en pie?
—¡Ambulancia, ya! —ordenó otro.
Luciana soltó la macana, corrió al fondo, alzó a Alba que lloraba a gritos. Las lágrimas le lavaban el rostro ensangrentado.
—Shhh… ya pasó, mi amor. Mamá está aquí.
Aún abrazada a su hija, los agentes se la llevaron.
***
—Y eso fue todo —relató Luciana con voz serena, casi plana. Al terminar, curvó apenas los labios—. El resto ya lo leíste en el expediente.
Suspiró.
—Al final,