Entraron unos hombres jóvenes. Olían a alcohol desde la puerta; recé para que solo compraran algo y se marcharan.
Pero no buscaban productos: buscaban problemas. Abrieron snacks, vaciaron refrescos por los pasillos.
—“Señores, ¿podrían pasar a caja primero?” —les pedí, intentando sonar amable.
Ellos intercambiaron miradas y soltaron carcajadas.
—“¿Rasgos mexicanos?”
—“Yo diría mestiza, dulzura.”
Cruzaron hasta la caja. La tensión me heló la sangre; Alba seguía durmiendo detrás.
—“¿Efectivo o tar