La voz le fue bajando:
—Me costó tanto salir del pozo… y ahora vienes tú a arrastrarme atrás. No puedes ser tan egoísta…
Su pierna flojeó y casi se desplomó.
—¡Luciana! —Alejandro la sujetó a tiempo y la recostó en la cama—. Olvidemos esto un momento. ¿Dónde te duele? ¿La pierna?
Ella evitó su caricia girando el rostro.
—No es nada; solo estuve demasiado rato de pie.
Respiró hondo, se serenó un poco.
—Dime, ¿por qué, de repente, quieres casarte? —Desde aquella noche en que él la tomó por la fuer