Luciana le devolvió el gesto para infundirle valor.
—¡Ánimo, Alba!
—¡Mm hmm!
La pequeñita, intrépida como un cervatillo, ni se inmutó; incluso animó a su madre:
—¡Mami, tú también! —miró a Alejandro—. ¡Los dos, fuerza, fuerza!
Luciana no pudo evitar reír. Observó cómo su hija se perdía entre los demás niños y murmuró:
—Con ese valor… ¿a quién habrá salido?
Entonces llegó la profesora que guiaba a los padres.
—Luciana —susurró Alejandro, ofreciéndole el brazo—, nos toca.
Ella pensó rechazarlo, pe