Mikhail cerró la puerta lo mejor que pudo, ambos echamos un ojo al interior. Aunque aún se sentía frío, no era tan intenso como el que hacía allá afuera.
—¿Tienes tu celular? —le pregunté.
Él empezó a palpar sus bolsillos y sonrió. Al menos algo bueno nos estaba pasando. Lo sacó y después me miró.
—Está muerto, te recuerdo que tú lo lanzaste al suelo —me dijo.
Yo se lo quité de la mano y traté de encenderlo. Respiré profundo y lancé el celular lejos.
—Me vas a tener que comprar uno nuevo, no pue