El frío se calaba por mis huesos, y la noche cada vez se volvía más espesa. La única luz que teníamos era la de la luna. Miré a Mikhail, y él estaba como si nada, como si este frío tan horrible no le afectara. Se detuvo de la nada, cerró los ojos y se quedó así por un momento.
—Me encanta la nieve —me dijo mientras sonreía.
Miré de lado a lado. Íbamos a morir aquí, y su tranquilidad me lo estaba gritando.
—Solo admite que nos vamos a morir aquí y ya —le dije.
Él volteó a verme, me dio una leve