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Mikhail se agachó y recogió el abrigo. Los hombres de Belov le apuntaron de inmediato. Él se acercó a mí y lo puso sobre mis hombros.

—Todo estará bien —me dijo.

Yo no estaba muy convencida de sus palabras, pero iba a darme el beneficio de la duda.

—Deberías ponerte al menos los pantalones —le sugerí.

Él se separó de mí, levantó ambos brazos estirándose, todos los músculos de su cuerpo se marcaron aún más.

—Quiero mostrarles a ellos algo que nunca en su vida tendrán: un buen cuerpo y una polla
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