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Le di un par de bofetadas más y nada. Tragué en seco y miré a mi alrededor. No había nada, estábamos solos. Volví a mirarlo, con más preocupación.

—¡Deja de bromear! —le grité desesperada.

Empecé a golpear su pecho, pero nada. Me senté a su lado y empecé a comerme la uña con nerviosismo. Lo miré, y él se veía pálido.

—Tú no puedes morir de esa manera tan estúpida. Levántate, Mikhail, me estoy cabreando —le dije con la voz entrecortada.

Le di un par de golpes más, y las lágrimas empezaron a sali
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