Mire al techo y suspiré; estaba tan aburrida, quería salir, hablar con alguien, necesitaba tener interacción con otras personas. Hablar solo con Mikhail me estaba drenando por completo.
La puerta se abrió y entró él, con la mirada gacha; yo me senté en la cama y lo quedé mirando. Aquí había algo raro, y yo averiguaría qué.
—¿Qué pasó?—Le pregunté; él negó con la cabeza. Este creía que yo era tonta, se notaba a leguas que algo había pasado.
—Mikhail, yo tengo un hijo de ocho años; esa mirada que