Pía siguió acercándose a mí, yo retrocedí un poco. Ella estaba loca, y yo ya estaba perdiendo la paciencia.
— Puedo ser igual de desvergonzada que ella, ¿eso es lo que te gusta? —me preguntó acercándose más.
— Vete de mi habitación —le dije.
Ella empezó a llorar más fuerte. Yo puse los ojos en blanco. ¿Cómo carajo me había aguantado a esta mujer por tanto tiempo?
— Ella no te conviene. Hasta tu mamá lo dice: ella no es adecuada para ti, yo sí lo soy. Puedo cambiarte como lo hizo Muriel —me dijo