—¡Que te jodan!—le grita Laura.
El olor a basura y humedad le golpeó la nariz. El ruido de la ciudad comenzaba a despertar, bocinas, voces, el ajetreo de la miseria cotidiana.
—Tan dramática.
Apretó la mandíbula y su mirada cayó sobre el papel arrugado de la solicitud de divorcio en la mesita de noche. Su mano se cerró en un puño. No, esto no se quedaría así. Si Ana pensaba que lo había sacado de su vida sin más, estaba equivocada. Gregory Samaniego no iba a salirse con la suya.
—Voy a salir—le