Ana entra a la casa con tranquilidad, como si no sintiera la mirada de Marcos clavada en ella desde el sofá.
—Hasta que por fin llegas.
Él estaba despierto, con los codos apoyados en las rodillas, observándola con una intensidad sospechosa.
—Oh...te hacía dormido.
Él se acerca con paso lento, como si quisiera detectar algo en ella. Ana, por supuesto, ya estaba preparada. Antes de bajar del auto, se había echado sorbete de menta en la boca y su aroma seguía siendo el mismo con el que salió: jabó