Para cuando llegaron a la mansión Blackwood, el escándalo ya había metastizado más allá de control. El teléfono de Cassandra vibraba tan constantemente que eventualmente lo apagó, incapaz de soportar el bombardeo incesante de notificaciones.
Sebastián condujo directo al garaje, evitando la entrada principal donde dos furgonetas de medios ya estaban estacionadas en la calle pública. Cámaras con lentes telescópicos apuntaban hacia las ventanas como rifles de francotiradores.
—No salgas de la casa