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La habitación 412 había perdido toda pretensión de calma en las primeras horas del lunes. Semana veintiuno. Cassandra había aprendido a medir el tiempo no en días sino en umbrales de viabilidad fetal, en porcentajes de supervivencia que sonaban más a sentencias que a probabilidades médicas. El monitor junto a su cama emitía ese pitido constante que se había convertido en el metrónomo de su existencia confinada, pero ahora h

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