Sebastián contempló el rostro de Cassandra, lleno de agravio pero al mismo tiempo preocupado por él, y por primera vez en su interior nació una sensación de compasión. Cuando Cassandra, con la voz quebrada, soltó:
—Quiero escucharlo de tu propia boca —él se quedó paralizado, con los dedos suspendidos sobre la pantalla del teléfono, incapaz de escribir.
La avalancha de emociones en los ojos de ella lo dejó mostrando una inseguridad que jamás había sentido. Las palabras que necesitaba decir se