La lluvia matutina golpeaba los ventanales de la mansión Blackwood cuando Iván Uríspide atravesó el vestíbulo principal con la determinación de un hombre que había llegado a su límite. Sus pasos resonaban sobre el mármol, cada uno cargado de una furia que había estado acumulándose durante meses. Los sirvientes se apartaron de su camino, intimidados por la intensidad que irradiaba.
—¡Blackwood! —gritó, su voz atravesando el silencio matutino como un cuchillo—. ¡Sé que estás aquí!
En su despach