El mensaje llegó un martes por la mañana, deslizándose bajo la puerta de la habitación como una serpiente silenciosa. Cassandra lo encontró al salir del baño, aún con el cabello húmedo y la bata de seda ciñéndole la cintura.
El papel era común, sin membrete, con una escritura que pretendía ser anónima pero que delataba educación en sus trazos.
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