Rosa miró a las cuatro chicas que seguían arrodilladas en el suelo, con el cuerpo temblando ligeramente por el miedo que aún sentía. Su voz salió un poco entrecortada cuando finalmente habló:
—Levantaos todas… ya os he perdonado.
Sonia, que todavía hervía de rabia y humillación, levantó la cabeza lentamente. Sus ojos reflejaban una mezcla de desprecio y desesperación, pero no se atrevió a desafiarla.
—No nos levantaremos hasta que nos perdone de verdad, señora —dijo con voz baja pero firme.
Ros