Dominic irrumpió en el ascensor con pasos furiosos, lleno de rabia y frustración que apenas podía contener. Todavía sentía los efectos residuales del suero corriendo por sus venas, y lo último que necesitaba en ese momento era enfrentarse a la ira de su madre.
Cuando las puertas se cerraron, se sorprendió al ver a Vincenzo de pie a su lado, con expresión seria.
—No digas nada —advirtió Vincenzo en voz baja.
Los ojos de Dominic se entrecerraron con desconfianza.
—¿De qué demonios estás habland