99: hora de pagar.
Leandro me llevó a una casa que no conocía; sus paredes olían a humedad y a cosas viejas, como si el tiempo ahí se hubiera detenido. Mi corazón tambaleaba dentro del pecho, una cosa fría que golpeaba las costillas con cada paso. Sabía que de esta no iba a salir. Lo sabía con la misma certeza con la que sabía que Valentino ya no respiraba.
—¿Qué te pasa? —me preguntó él sin mucha prisa, girándose para mirarme—. Pareces asustada.
¿Asustada? El mundo entero se había reducido a un punto negro donde