113:Cuando el caos trae silencio.
Metí a los niños en la bañera con cuidado. Les puse varias toallas alrededor, haciendo un nido tierno en aquel hueco blanco, y los acosté como si fueran los más frágiles tesoros del mundo. Se quedaron dormidos enseguida; sus pechos subían y bajaban, iguales, perfectos, inocentes. Me senté al borde de la bañera y los miré, dejando que la calma me atravesara por un segundo, mientras afuera los disparos seguían como un latido lejano que no acababa.
Las lágrimas empezaron sin avisar. Caían a cántar