114: Es un caos.
Ginevra se limpió las lágrimas como pudo y volvió al baño. Sus manos temblaban cuando metió los brazos en la bañera y tomó a sus hijos, aún dormidos entre las toallas tibias donde los había envuelto. Los acunó contra su pecho unos segundos, solo para sentir que seguían allí, respirando, vivos. Después los acomodó con delicadeza en una manta sobre el suelo, lejos de la puerta.
Afuera seguían los disparos. Cada estallido la hacía brincar, como si el corazón se le fuera a romper de puro miedo. Se