El silencio fue lo primero que me golpeó.
Despues el cuerpo sin vida de aquel asqueroso cerdo.
No respiraba. No se movía. Su mirada vacía me atravesaba como si siguiera juzgándome incluso muerto. Me quedé allí, con las manos temblando, el aire atascado en la garganta, y la sangre de Alfonso todavía caliente en mis dedos.
—¿Ginevra… qué hiciste? —susurró Paola, con la voz hecha pedazos.
No supe qué responder. No había palabras para eso. Ni siquiera había tiempo. todo fue tan rápido que yo ni siq